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Compañero de fatiga

Bob, “mi negro” como le suelo decir aunque es rubio, de mirada cariñosa y cercana. Esos ojos negros penetrantes. Para él fue un cambio. De pasear juntos, ir a tomar café, caminar por la playa a que lo saquen amigas, sobre todo Sandrine con sus magníficos paseos diarios con Avis y Kiwi sus amigos perrunos. A sentirme cansada, sin aire y con un nuevo  elemento que ambos tenemos que incorporar: de nuevo las muletas y un extraño desconocido hace semanas, la silla de rudas a motor. 
Si, nos cuesta adaptarnos a este nuevo invitado, que se coló a la fiesta sin ser invitado y sin posibilidad que lo echemos. Está claro que nos queda un largo camino para aceptarnos, fijándonos que es un elemento que nos devolverá de alguna manera a nuestras salidas, nuestros paseos, y compartir un tiempo, distinto. 
Si, volvieron las muletas para distancias cortas (2 cuadras) y para las restantes está la silla de ruedas cuando salgo motorizada, un instrumento que me facilita la vida, aunque aún no lo considere así. Por ahora me sigue costando salir con la silla sin compañía, es como si fuera más fácil o menos doloroso. 
Bob tampoco se acostumbro. No sabe por donde andar, se cruza, quiere subirse, me mira, contempla la nueva compañera de viaje sin entender porqué. 
Es un compañero de vida que conmigo no está acostumbrado a salir con correa, iba solo, a su ritmo más rápido que el mio. Sin embargo esta nueva situación lo agarró con mal pie, igual percibe que yo no acepté esta circunstancia. Confundido no sabe por donde andar, de que lado ir, que hacer. Camina de un lado al otro, pasando por delante. Es ahí cuando se frena y me mira. 
Esa mirada es distinta a la de los demás. La sensación de verse observada, mediante miradas furtivas y cuchicheos constantes, eso duele. Las de él son distintas. La mirada del otro a veces hiere más que las palabras, de hecho lo comprobé. Impacta menos que me pregunten que sentirme observada en silencio, la llamada la mirada del otro. 
Bob, siempre está a mi lado, esos ojos negros que te llegan al alma, me acompaña y desde que este nueva etapa comenzó hace un año y medio, y que se agudizó hace más de dos meses, cuando sale sin mi hay que obligarlo a salir porque el siempre me espera y si no voy vuelve a buscarme. 
No se si soy yo o es él, más bien creo que lo que trasmito le afecta. Yo no me adapté a la nueva situación, el brote en el lado izquierdo que me afecta la pierna y el brazo, junto con los problemas respiratorios. “Insuficiencia respiratoria por al esclerosis múltiple (EM)” diagnosticaron los especialistas, todos coincidieron y conforman una larga lista internistas, neumólogos, logopedas, fisioterapeutas respiratorios, medico. 
En cambio para los neurólogos soy un caso raro aunque haya investigaciones científicas que demuestran la afectación respiratoria en la EM. Desde hace mucho les cuesta aceptar aquello sobre lo que no tienen tratamiento como el deterioro cognitivo, la fatiga, los problemas del habla y respiratorios. De hecho estos síntomas fueron cuestionados por décadas hasta que la demostración científica se acumula y lo hace evidente. 
Ante esta situación lo que queda en entredicho es la percepción del paciente, y nos sentimos incomprendidos ante este cambio abrupto que interfiere y de que manera en nuestra calidad de vida. No es fácil para nadie, y para Bob tampoco. Tal es así que se recuesta en mi pecho mientras me esos ojos tiernos  acompañan el momento.  
Calculo que cuando yo encaje mi nueva circunstancia a él le será más sencillo, como lo demostró siempre aceptando los desbarajustes de la EM ... antes que yo. 
Será cuestión de aprender de una vez a convivir  con la silla de ruedas (en distancias que superen lo que mi autonomia me permite, que si bien no es mucho perro es nada). Así de esta manera Bob, para quien no soy un caso raro, me enseñará a aceptar la situación, o por lo menos a seguir adelante a pesar de todo. 


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