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“La voz, parte de uno mismo” por María Paz Giambastiani

Se fue sin previo aviso, cambió de golpe dando un portazo sórdido. No estaba ahí, había desaparecido, y nunca pensé que la iba a extrañar tanto. Formaba parte de mi, de quien era, siendo parte de mi identidad. 
De pronto un sonido sordo y al mismo tiempo despertó un miedo incalculable sobre el poder de la comunicación que se quedaba truncado. El sonido era como un extraño ruido que no reconocía como propio. Que me constara hablar no estaba en mis planes, ni en mis pesadillas más temidas. La voz, mi voz, era una cualidad que no me iba a fallar. Ponente, rotunda, sonante y constante. Sin embargo un dia me dejó sola, ya no formaba parte de mi, ya no me representaba, ni me identificaba. Adiós a uno de los sellos de identidad más perfectos y únicos del ser humano. 
Quien iba a pensar siquiera que un dia ese sonido, el sonido de mi voz iba a ser un extraño desconocido. Ronca, cortante, silabiante, lenta y áspera, sin cuerpo. Nada que ver con lo que era. 
Extrañaba mi sello, algo que me hacia única, parte de mi identidad se había esfumado.  Estaba en un lugar, relegada, escondida, perdida. Se asemejaba a un abrazo obligado, sin dueño ni destino. 
¿Cómo y cuándo la iba a recuperar? 
iba de un lado al otro, el aire se escapaba a cada paso. Me habían dado donde más me dolía: el quid de la comunicación. Yo era mi voz, mi voz era mi esencia, mi yo, mi trabajo, mi manera de comunicarme, de expresar y de ser. Mi principal instrumento se había esfumado, mientras, yo, sin saber que hacer. 
Si bien desde el momento del diagnóstico averigüe lo que implicaba tener esclerosis múltiple, habia aspectos de la enfermedad que no consideraba posible ni factible que me afectase (las alteraciones de la voz en EM no se aborda ni se habla)
Hasta que un dia uno de mis dotes más preciados se fue escurriendo, perdiéndose en el laberinto al que me era difícil acceder o encontrar la salida.  A pesar de todo, no me quedé quieta, era mi forma de enfrentar lo que me estaba sucediendo y atormentando al mismo tiempo. Busque ayuda, contacté con fisioterapeutas, fonoaudiólogos, ortorrinolaringólogos, neumólogos, y neurólogos. Cubrí todo el espectro, y la agenda médica se llenó de golpe. 
Cada dia el silencio me dejaba sin habla, no me gustaba lo que escuchaba, porque esa voz...no era yo. Las extensas conversaciones eran cosa del pasado, parecía que la vida me obligaba a desarrollar el poder de síntesis, algo que nunca tuve.
La enfermedad siguió su camino. La progresión fue un hecho, mientras el sonido de aquella voz sufría cambios a lo largo del dia, dia tras dia.  De alguna manera, me hacia feliz oirla sonar. Sentir retumbar mi pecho al hablar era una buena noticia, el silencio no me había envuelto en su halo de misterio y mudez. Yo de alguna forma seguía sonando y a mi manera participando. Esa parte de mi, distinta, distante, a la que poco a poco tenia que empezar a reconocer como propia, iba formando parte de mi.
Así fue como una frase “no valoramos las cosas hasta que las perdemos” se convirtió en realidad. 

La voz algo que parece tan común, falto de esfuerzo, requiere un entramado impresionante. Tan simple y tan complicada a la vez. A la que clamo siempre que puedo: que nada ni nadie calle mis pensamientos y que mi voz, sea como sea, siga sonando. 

Comentarios

  1. Hola María Paz, la pérdida y falta de tu voz, tu identidad y tú estar en el mundo me lo imagino tan angustiante, desesperante...
    Eres muy peleona, y seguro buscarás la manera de sobrellevarlo, te doy toda mi fuerza y animo

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